Política

La JUTEP y el valor de la independencia

Los organismos de control valen exactamente lo que vale su autonomía. Una reflexión sobre por qué despartidizarlos no es un detalle técnico.

Del bloque Política y transparencia, con Pablo Mieres.

Un organismo de control cumple una función incómoda por definición: existe para mirar a quienes ejercen el poder, incluidos quienes lo designaron. Esa incomodidad no es un defecto de diseño, es el diseño.

De ahí que la discusión sobre la integración de la Junta de Transparencia y Ética Pública no sea una cuestión de organigrama. Cuando la conformación de un órgano de control responde a equilibrios entre partidos, su capacidad de incomodar queda condicionada de antemano, aunque nadie dé una orden y aunque todos sus integrantes actúen de buena fe.

La confianza no se declama

La confianza ciudadana en las instituciones no se recupera con campañas ni con declaraciones de principios. Se recupera con decisiones verificables tomadas en casos donde había costo político por tomarlas. Es lento y no da titulares, que es precisamente por lo que suele postergarse.

Un control que solo puede incomodar a los adversarios no es un control: es una herramienta más de la disputa.

La pregunta que queda planteada es sencilla de enunciar y difícil de resolver: qué garantías concretas —de designación, de plazos, de presupuesto, de remoción— hacen falta para que un organismo de control pueda hacer su trabajo sin depender de la buena voluntad de quien está siendo controlado.

Este tema se conversó en Atentos, sábados de 8:00 a 11:00 por Milenium FM 88.7.